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05 agosto, 2007




Nació en La Plata, murió repetidas veces en cualquier lugar, no se arrodilló ante nadie, salvo ante el amor y la tragedia.
Fue un dado ciego en un cubilete de hierro; un perro en soledad, una campana orgullosa y ronca; un hombre que por mirar cada muerte en las estrellas, se olvidó de los chacales, de las cucarachas y, en cierta medida, de Maldoror, donde una tarde de agosto sangró su corazón.



No hagan con mi perfil una medalla;
levanten en mi llaga una arboleda,
y construyan, donde mi hueso queda,
un campo de silencio o de batalla.


17 de marzo de 1966

07 julio, 2007

Luego nos disculpamos por la lluvia



Luego nos disculpamos por la lluvia,
le pedimos perdón a las hornallas,
acariciamos a los delicados
anteojos de la abuela; le quitamos
la herrumbre a las cerezas, incluimos
en nuestro afecto a quien nos quitó el viento,
nos despojó del agua y de la puerta,
nos ultrajó en las calles del verano.

Le damos nuestra mano a todo el mundo,
le ahuyentamos el odio, le decimos
dónde el cedro es mejor, dónde se compran
los trajes de la luz, las golondrinas.
Le regalamos vainas olorosas
para guardar la sed de los cometas;
le obsequiamos tocino, municiones,
juguetes de maíz, nubes en frasco,
todo lo que podemos, lo que apenas
tenemos en el fondo del armario,
pero son insaciables. Ellos quieren
que nuestra sangre rota se derrame,
se vuelque aquí, brinque de muerte,
imitando a un herido cuadrumano.

Quieren la vida y el amor y el canto:
apenas lo que alcanza para un día.



Roberto Themis Speroni

19 junio, 2007

Cuando vino mi hermano de muy lejos



Cuando vino mi hermano de muy lejos
a traerme noticias de su vida;
cuando entró con la tarde, como siempre
soberbio, desafiante, y sin embargo,
tímido como todos los que integran
mi familia de gente solitaria,
supe, por su ademán, que las semillas
andaban bien, lo mismo que los astros,
las ráfagas de junio y los salarios
ganados por el árbol de su frente,
pero también adiviné un sombrío
cinturón de tristeza en su garganta,
una grampa de tallo vacilante
hundida en el calor de su relato.
Fumó hasta que la noche estuvo cerca
y el licor bailarín gestó de pronto
su pólvora de oro. En la penumbra,
al lado de un ciprés ardiendo a fuego,
lo vi mejor y le arranqué la espiga
que trajera en su voz. Luego, con ella,
hice un anillo y lo arrojé a las llamas
donde estalló como una mariposa.

Entonces sonrió. Llenó su vaso
y no habló de mi muerte para nada.



Roberto Themis Speroni, 1964

28 mayo, 2007

Canto N° 5



He asesinado liebres, mariposas,
campanas, esmeraldas; he cortado
los ojos del geranio y los jacintos
y nadie me ha juzgado todavía.
He quemado cabellos y cortezas,
piedras de amor, caballos de aventura,
líquenes y tristísimas espadas,
y la gente se ha vuelto a saludarme,
con la mano feliz, como si fuera
en realidad un hombre, un ser perfecto
jugando con su torre y su navaja.

¿Es que no saben ver al solitario,
al dios que tiene reventado el seso
y la sangre comida por hormigas
de brillante metal? ¿Es que no saben
hundir el ojo en un juncal de miedo
donde está la verdad, casi desnuda,
sostenida por trágicos bejucos?
Sin embargo, yo soy el asesino,
y ellos siguen torciendo los sombreros
y poniéndose un ángel en la boca
para darle vejez al solitario.
Solamente mis hijos lo comprenden;
mis hijos y mi hermano que está lejos,
y también mi mujer, con sus medallas
llenas de sangre oscura y de paciencia.
¿Hoy qué has muerto?, me dicen.
–¿Qué has quebrado?
Y yo, feliz, sonrío y les respondo:
–Un coleóptero azul, una ciruela,
las caderas de Dios, el pez del viento...



Roberto Themis Speroni, 1962

25 mayo, 2007

Aviador del invierno, brujo helado



Aviador del invierno,  brujo helado,
escalador de nubes,  ¿qué te queda
debajo de la barba,  en aquel rostro
que usabas en la hierba,  cuando niño?
¿Qué te queda colgado de los ojos,
de la boca,  del huracán de pana
con el que le sacabas a la lluvia
los secretos del agua junto al
fémurde la planicie negra;
donde,  a veces,  se moría un caballo,
una liebre de frío,  un fugitivo,
y tantas cosas que morían solas,
sin decir nada,  por ejemplo,  nada,
porque sí,  obligándose a la muerte,
a la cal apagada,  a los crujidos
de un carro anual,  de un espesor dudoso,
así como una flaca flor soldada
a un cadáver errante?

Extrañarás,  sin duda,  los ciruelos,
las levaduras de un domingo,  el paso
de una moneda llena de cerveza,
y la tos de tu abuelo violinisita,
y aquel jabón de hierro
que abrías para el pliegue de las uñas,
y tu sombrero de armazón violeta
yéndose por el aire,  más arriba,
con tu cabeza adentro,  como un fuego
de pelo ebrio,  casi siempre justo
por la razón del hombre,  por el hueco
de una mujer frotándose las piernas,
o a lo mejor por el comercio estricto
del tiempo con los niños y graneros.

Debe ser duro no apostar a fondo,
no pulsear con un polen de herraduras,
ni discutir problemas similares
al lúpulo y los clavos.  No imagino
cómo harás para verte sin la tierra,
sin los tres camaradas,  sin los dientes
que los árboles echan en verano;
no creo que te quede traje alguno,
aunque no te importaron,  y ni creo
que tengas ganas ya de aventurarte,
de acompañarte a un duelo de cigarras
en un día de talco fragoroso
y sol hinchado a orín,  por algún sitio
no muy común al humo de tus huesos.

Tú has conocido el vidrio de la muerte;
le has contestado todas las preguntas
y ahora no está más,  no lo consigues,
y tú te mueres,  aviador,  te mueres
sin saberte de lámpara.
                                        No entiendo,
no comprendo,  aviador,  cómo tu sangre
se ha dejado caer así en espina
casi en ruido de avena.  Tú eras brujo.
No me figuro,  no resuelvo.  Es grave
no disponer de un pájaro que acierte,
de un amigo lunar,  de una bellota,
o,  simplemente,  de un papel firmado.

Entretanto se arrugan las cosechas,
los botones del surco.  Se disputa
sobre el hambre y la piel,  se arrestan panes,
ruedas,  hornallas,  cabrias y gramiles;
se mencionan sucesos.  Pero es claro:
tú te has puesto a buscarte como un ciego
encerrado en carbón,  y no te asomas,
y ya nadie te ve ni te conocen
ni te dicen adiós,  es cosa cierta.

Sólo por ti,  lo sé,  viven los cedros.



Roberto Themis Speroni,  1966