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14 febrero, 2009

En la noche un ruido de agua...




En la noche un ruido de agua.
¿Ruido? Escuchad el canto.
El agua choca contra el sauce caído
y deshace bajo la luna toda su red melódica:
canta un triunfo sereno e iluminado,
sola, toda la noche, sola,
por entre el follaje abatido.
¿Canta un triunfo o es la queja
agreste por la gracia vencida
que en ella se miraba o temblaba en el día?
Ah, es triunfo y es queja pero por momentos
cobra tal serenidad que ya no tiene de nuestros sentimientos,
y es un canto de pájaro nocturno
que sale del río para encantar la soledad
hasta que ésta al Este palidece y se franja...



Juan L. Ortiz, La rama hacia el este, 1940

19 septiembre, 2008

Señor...




He sido, tal vez, una rama de árbol,
una sombra de pájaro,
el reflejo de un río...


Señor,
esta mañana tengo
los párpados frescos como hojas,
las pupilas tan limpias como de agua,
un cristal en la voz como de pájaro,
la piel toda mojada de rocío,
y en las venas,
en vez de sangre,
una dulce corriente vegetal.

Señor,
esta mañana tengo
los párpados iguales que hojas nuevas,
y temblorosa de oros,
abierta y pura como el cielo el alma.



Juan L. Ortiz, El agua y la noche

30 mayo, 2007

Para que los hombres...



Para que los hombres no tengan vergüenza de la belleza de las flores,
para que las cosas sean ellas mismas: formas sensibles o profundas
de la unidad o espejos de nuestro esfuerzo
por penetrar el mundo,
con el semblante emocionado y pasajero de nuestro sueños,
o la armonía de nuestra paz en la soledad de nuestro pensamiento,
para que podamos mirar y tocar sin pudor
las flores, sí, todas las flores,
y seamos iguales a nosotros mismos en la hermandad delicada,
para que las cosas no sean mercancías,
y se abra como una flor toda la nobleza del hombre:
iremos todos hasta nuestro extremo límite,
nos perderemos en la hora del don con la sonrisa
anónima y segura de una simiente en la noche de la tierra.



Juan L. Ortiz, 1940